Tuesday, September 30, 2008

Políticos de fin de mundo

Hoy es un día que no se me va a olvidar muy fácil.
Esta mañana todo el mundo en Wall Street daba por hecho que se pasaría el plan de rescate para el sistema financiero de Estados Unidos. Podemos discutir largamente las razones por las que el mercado de crédito está paralizado en Estados Unidos, pero el hecho es que lo está, y que la economía está entrando en una espiral negativa como la que tuvimos en Chile el año 82 y que llevó a una reducción del ingreso de 14 % en ese año, con 30% de desempleo y multiplicidad de quiebras de empresas. El Secretario del Tesoro, Henry Paulson, negoció entre el viernes y el domingo con los líderes de los dos partidos, Demócrata y Republicano, para llegar a un acuerdo de texto para una ley que le permitiera al gobierno comprar préstamos de los bancos, para darles liquidez y certeza de valor a esos activos que han venido cayendo de valor cada día, consumiendo el capital de los bancos. Es lo que hizo caer a Bear Stearns hace unos meses, y a Lehman, Merrill Lynch, AIG y Washington Mutual la semana pasada.
Yo desperté esta mañana y oí el se anuncio que para evitar la quiebra de Wachovia, uno de los mayores bancos de Estados Unidos, sería absorbido por Citigroup con apoyo del FDIC, en una transacción negociada durante el fin de semana, y anunciada antes de las 8 de la mañana para que no hubiera corrida cuando abriera el lunes. También alcancé a ver a Bush anunciando que se llevaba el rescate financiero a ser aprobado por el congreso, dejando claro que la inacción no era una opción.
Pero algo olía mal esta mañana. Los mercados futuros de acciones apuntaban a la baja, y ya habían bajado los mercados en Asia y estaban bajando en Europa. En el camino a la oficina me tomé un break de 40 minutos para ir al kinesiólogo que me está ayudando con el dolor cervical. En la sala del centro de terapia física frente a Union Square era otro mundo. Nadie hablaba de bancos ni de rescates financieros. Los terapeutas hacían su trabajo en buena onda con sus pacientes en las camillas y máquinas del gimnasio, sin televisión que estuviera pasando los precios de las acciones ni comentaristas gritones opinando sobre todo y nada. Eso sería lo que los políticos llaman “Main Street”. La gente común y corriente de la calle. La conversación con Jon, mi terapeuta, gira alrededor de deportes, la bicicleta, el fútbol que juega en un equipo en una liga de Queens, de las ganas de que llegue el invierno para hacer snowboard. Que tal vez le gustaría conocer la Patagonia, porque sólo conoce Rio en Sudamérica.
Salí del oasis de la terapia y antes de entrar al Subway miré en mi iPhone cómo iba el Dow Jones a las 10 de la mañana. Ya iba más de 200 puntos abajo, lo que es una bajada fuerte, así que opté por apurarme en llegar a la oficina. Llegué allá y hablé con mis colegas, todos tranquilos, esperando que se aprobara el rescate en el congreso. El Dow seguía fluctuando entre 200 y 300 puntos abajo, mostrando la preocupación del mercado. Como a la 1 de la tarde, después de horas de estar mirando de reojo el televisor que tengo en la oficina puesto en el canal CNBC y viendo un anuncio de “votación inminente”, decidí subir a almorzar. En el comedor también hay televisor, una enorme pantalla plana al fondo de a sala, permanentemente en CNBC. Justo empezó la votación. En la pantalla apareció un cuadro que mostraba el avance de la votación, detallando cuantos demócratas y cuantos republicanos iban votando a favor o en contra.
Curiosamente desde que empecé a seguir la votación, la mayoría de los demócratas iban votando a favor la mayoría de los republicanos iban votando en contra.
Todos los que estábamos mirando pensamos en un comienzo que se iba a dar vuelta el resultado a medida que avanzara la votación. Total faltaban más de la mitad de los votos.

Avanzó la votación y la diferencia no disminuía, al revés, empeoraba y el voto republicano seguía en contra. Poco a poco se llegó a un punto en que resultó evidente que no pasaría la ley. Un recuadro del televisor mostraba el índice Dow Jones, que estaba bajando como un piano en caída libre. No había visto una cosa así en mi vida. Cayó en unos minutos hasta estar más de 600 puntos abajo para el día. Terminó la votación, con suficientes votos en contra para rechazar el proyecto de ley, y mantuvieron la votación abierta por si algunos quisieran cambiar su voto. Pero en unos minutos cerraron y dieron por rechazada la ley.

La cara de incredulidad de mis colegas era impresionante. Nadie podía creer lo que había pasado. Y no había nada que hacer sino observar las consecuencias. Comenzaron las patéticas explicaciones de los políticos. “Que los republicanos se ofendieron porque la líder de los demócratas y presidente de la cámara hizo un discurso partidista antes de comenzar de la votación, y por eso no pudieron votar a favor”. Les pedían votar a favor de una ley que propuso el gobierno de Bush, republicano. Para resolver un problema serio de su país, según el mismo presidente había dicho en su discurso esa mañana. Patética explicación. Mientras tanto el petróleo caía violentamente, y el cobre se había ido por debajo de 3 dólares por primera vez en mucho tiempo. La caída de los precios de las materias primas señalaban que el mercado veía una recesión mundial, no sólo un problema en Estados Unidos. Y por la vía de esos precios de materias primas la recesion va a golpear a América del Sur.

Bush ya no tiene peso político. No lo apoya ni su propio partido, ya no lo consideran un “lame duck” sino que un “dead duck”. El resultado de esta votación fue una más de los grandes desastres que ha causado el gobierno republicano, el broche de oro al término del gobierno de Bush. Después de meter al país en la desastrosa guerra de Irak, de la incapacidad de derrotar a Al Qaeda, de llevar al país de una situación fiscal sana a un déficit record, de presidir la caída dramática del dólar frente a las monedas del resto del mundo y la destrucción del sistema financiero de Estados Unidos, termina su gobierno fracasando en un intento de frenar lo que podría ser una profunda recesión mundial.

El plan de rescate consideraba que se pondrían US$700 mil millones a disposición del gobierno para comprar cartera de los bancos. Y la razón por la que muchos de los representantes en el congreso es que contribuyentes de sus distritos les mandaron mensajes diciendo que no les gustaba que el dinero que pagan en impuestos se usara para “rescatar a los banqueros de Wall Street, cuyos ejecutivos se pagan millonarios sueldos y bonos”. No iban a aceptar este intento de robarle al contribuyente su dinero para subsidiar a los incompetentes de Wall Street, no un mes antes de las elecciones en as que se juegan el puesto en el congreso.

Buena decisión, las pérdidas del mercado accionario para el día llegó a 777 puntos del Dow Jones, lo que equivale a una pérdida de US$1,2 billones, o un millón doscientos mil millones de dólares. Lo que los gringos llaman 1,2 trillones. Es decir, el mercado accionario perdió poco menos del doble de lo que hubiera costado el rescate en el peor de los casos. Valor que sale de los ahorros cuentas de retiro de muchísimos contribuyentes que no quieren financiar el rescate.

La democracia no se ve muy bonita en esta situación. No se diferencia mucho la política de un país grande poderoso como Estados Unidos de la de cualquier país despectivamente calificado de bananero. La demagogia el populismo son el pan de cada día en un país con un electorado ignorante, cuyo conocimiento de los temas sobre los que hay que decidir se reduce a frases cortas fáciles de entender a través de la televisión. Nada de substancia, muchos efectos especiales.

Con muchos canales transmitiendo política todo el día, y por otro la capacidad de hacer encuestas a cada minuto para sondear la opinión pública acerca de cualquier tema, la democracia de Estados Unidos se ha ido convirtiendo en una democracia directa, y la democracia representativa ya no funciona. Los representantes que el pueblo elige para que tomen las decisiones de manera informada, ya no pueden tomar decisiones sin volver a consultar al pueblo a cada minuto. Y esto es peor en períodos de elecciones, como este momento.

Son las 7:30 AM del 30 de septiembre, y los pocos políticos que quedan en Washington están todavía apuntando al partido contrario para culparlo del fracaso de ayer. Los demás, la abrumadora mayoría, se fue para la casa en sus distritos, por el receso para la fiesta judía de Rosh Hasanah, el año nuevo judío. No les pareció importante quedarse para tratar de resolver el problema. Y no es que la mayoría sean judíos.

El mundo observa atónito.

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